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A veces la ensoñación de nuestro barrio osornino la interrumpen golpes rítmicos sobre el cemento de la calle. Una voz de hombre entona un trozo. Alterna ese canto un coro ronco que lo imita. Proviene de la calle Barros Arana. Rápido, al portón. No quiero perderme un segundo del único espectáculo del día. En las casas rebota el eco de ese golpeteo, son los bototos del pelotón que se dirige al Regimiento Arauco, dos cuadras mas allá. Trotan y cantan al unísono, todos iguales, el pelo casi rapado, el uniforme verde musgo. ¿Cómo sería ser uno de ellos? La reja limita y solo permite seguirlos de vista, con la cara apresada entre dos barras de fierro. Fierro empuñado por manitos sucias y rasguñadas, las huellas de los juegos afuera. No acompañamos al pelotón como otros niños menos limitados y más libres, que por la vereda van corriendo a la par de las filas. Los niños parecen una estela colorida y desordenada, atraída por los soldados. Algunos tratan de mantener el ritmo del trote.
Pasaron.
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El aire queda cortado en dos, sigue el trueno en mis oídos, por un rato enmudecen los pájaros, y el mundo sigue siendo un solo pelotón de soldados trotando, cantando, sabiéndose protagonistas de la calle, del barrio, sabiéndonos menudos espectadores.
Luego nada.
Después otra vez el sonido de algún moscardón, el chip chip de los pájaros y de fondo el constante ruido urbano: vehículos acelerando, frenando, alguna bocina…
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